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“Blanco y negro eras y en anaranjado te convertirás” / Por Matías Suárez

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Bitácora del capitán. Octubre 15, 2026.

Sin duda, conforme van quedando menos días de este año, empezamos a ver las muestras del marketing, que inundan nuestra cotidianidad con mayor frecuencia.

Lo que se escucha con regularidad: «No acabamos de terminar el mes patrio cuando ya vemos arreglos de Navidad». Y qué decir de la velocidad con la que parecen pasar las festividades; apenas estás ubicando cómo celebraste el 15 de septiembre cuando ya tienes en puerta todo un arsenal de productos para no dejar pasar desapercibidos los días que nos recuerdan a aquellos seres amados que han tomado la delantera, al que todos —o por lo menos la mayoría de nosotros— pensamos que están en un mejor lugar.

Recuerdo que en mi niñez el Día de Muertos me solía parecer mucho más lento, y las festividades que enmarcan el último cuarto del año parecían intensamente lejanas.

Si corrías con suerte y en casa había la oportunidad, podías obtener la cáscara de una calabaza para salir a pedir calaverita; y si no, nunca faltaba la caja de zapatos que, con un poco de imaginación, se convertía en el instrumento perfecto que parecía darte valor, rompiendo con la vergüenza para acercarte a cualquier desconocido y expresar: «¿Me da para mi calaverita?». Cada moneda que caía significaba un logro enorme, aunque el precio a pagar fuera el momento en que no obtenías nada y nacía la disyuntiva con la que incluso muchos vivimos nuestra actualidad: «¿Le sigo o mejor ahí le dejo?».

Si mi pequeña investigación fue correcta, esta hermosa costumbre nació cuando alguna familia vivía el infortunio de la pérdida de un ser querido y salían a pedir ayuda para darle una decente sepultura.

Con el paso del tiempo, la aportación a la calaverita que los niños solían pedir era recompensada con frutas o algunos dulces tradicionales que servían para preparar la ofrenda del Día de Muertos, algo que más adelante, en algunos lugares, se convirtió en pedir dinero para que los pequeños tuvieran la oportunidad de tener esa moneda e intercambiarla por lo que quisieran. Algunos de mis amigos no dudaban en gastarlo en la tiendita de la esquina.

Algunos años más tarde nos encontramos aquí, con una serie de disfraces, bolsas, canastas, etc., para continuar con la tarea de recolección que hoy se enfoca más en los dulces, adoptando la frase que suele escucharse: «¿Me da mi Halloween?».

Y aquí, pareciera que dejamos el blanco y negro de la famosa Catrina de Posadas para pintarnos del característico color del pumpkin, nuestra gran calabaza, que sirve para hacer un delicioso manjar dulce de la gastronomía mexicana.

¿El cambio es bueno? ¿Es malo? ¿Será solo parte de la evolución?

Soy un fiel creyente de que debemos defender la cultura y la historia; son pilares que, sin duda, pintan de mil colores nuestra identidad.

Sin embargo, la evolución continúa, y no solo en nuestras tradiciones, las cuales hoy parecen ser más monetizables.

De niño, la emoción de pedir calaverita; de adulto, el orgullo de acompañar a los niños a pedir para su Halloween… ¿Será que lo importante es el recuerdo con el que ese niño contará su historia mañana?

¡Hermosa celebración del Día de Muertos y un Halloween maravilloso para ti y los tuyos!

Por los que están y por los que, tan solo, han cambiado de lugar…

Cierre de la bitácora del capitán.

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