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México no es piñata, pero Trump se lleva los dulces / Por Jorge García

La estrategia de Sheinbaum frente a Trump podría estar llegando a su límite

Bien dicen que a los políticos no hay que juzgarlos por lo que dicen, sino por lo que hacen. Claudia Sheinbaum entendió desde el principio el juego del mago López Obrador, mientras una mano muestra el sombrero, la otra esconde el conejo.

Cuando Donald Trump actúa contra México, Sheinbaum invariablemente se envuelve en la bandera narrativa y sale a decir que México es un país soberano, que no permitirá injerencias y que “México no es piñata de nadie”. Pero mientras una mano levanta la bandera de la soberanía, la otra hace lo que Washington le pide.

Al pueblo, el discurso de la defensa de la soberanía; a Trump, los resultados que exige, y hasta ahora, la fórmula ha funcionado para ambos. Trump obtiene lo que quiere y puede presentarlo a sus electores como resultado de su presión. Sheinbaum, en cambio, presenta ante los mexicanos esas mismas acciones como decisiones soberanas tomadas por iniciativa propia en defensa del país.

La primera gran prueba llegó en febrero de 2025, cuando Trump amenazó con imponer aranceles de 25% a las importaciones mexicanas si México no detenía la inmigración a Estados Unidos, exactamente como el muro que prometió construir y que México pagaría y Shenbaum ordenó desplegar 10 mil elementos de la Guardia Nacional en la frontera norte. (Gobierno de México).

La presidenta cedió todo y sólo consiguió (si se puede decir así) que Trump no cumpliera una amenaza, sin embargo, la mandataria mexicana presentó esto como un acuerdo entre dos países soberanos. (Gobierno de México), aunque desde la perspectiva de Washington, el resultado era bastante más sencillo: Trump pidió reforzar la frontera y México desplegó 10 mil elementos de la Guardia Nacional a cambio de nada.

Después Trump exigió a su contraparte mexicana detener la producción de fentanilo y otras drogas duras. Como respuesta, el gobierno mexicano intensificó los operativos contra laboratorios clandestinos, desmantelando cientos de narcolaboratorios, logrando mermar considerablemente el tráfico de esa sustancia hacia el país del norte. Cabe recordar que, en la narrativa del gobierno anterior, esos laboratorios nunca existieron.

En febrero, cuando la presión de Trump por las cabezas del narcotráfico comenzó a subir de tono, el gobierno mexicano envió a Estados Unidos 29 personas vinculadas con organizaciones criminales, e internamente la presidenta volvió a ajustar la narrativa explicando que no era una concesión a Washington, sino una decisión tomada dentro del marco jurídico mexicano y por razones de seguridad nacional.

De nuevo, el mensaje interno era coordinación y cooperación, sí; subordinación e intervencionismo, no,pero el resultado si bien no era el que Trump hubiera deseado porque quería peces más gordos, por lo menos le sirvió a Claudia Sheinbaum como paliativo para calmar los ánimos del presidente estadounidense y lograr ganar un poco de tiempo.

Incluso en materia comercial la lógica fue similar. El gobierno estadounidense impuso aranceles a productos mexicanos que estaban fuera del T-MEC, y México como era de esperarse volvió a aceptar esa política comercial restrictiva sin imponer aranceles recíprocos como lo hizo Canadá quien es también socio comercial en el T-MEC o la Unión Europea o China.

La operación comunicacional en todos los casos era simple, Trump pide, México cumple y Sheinbaum explica que México decidió hacerlo porque es un país soberano.

No obstante lo anterior, la estrategia ha funcionado porque los intereses de ambos gobiernos no necesariamente chocan en el terreno de la comunicación. Trump necesita demostrarles a sus seguidores que su presión sobre México produce resultados y Sheinbaum necesita demostrarles a los mexicanos exactamente lo contrario: que México no se somete ante Estados Unidos.

El problema es que ahora el juego está cambiando porque durante todo este tiempo Trump ha pedido migrantes detenidos, mayor vigilancia en la frontera, combate al fentanilo, decomisos, desmantelamiento de laboratorios y cooperación contra los grupos criminales. Todas esas acciones pueden presentarse internamente como decisiones soberanas del gobierno mexicano.

Pero ¿qué ocurre cuando Washington deja de pedir solamente políticas públicas y empieza a poner nombres y apellidos sobre la mesa?

¿Qué ocurre cuando Estados Unidos comienza a pedir la detención de figuras políticas de Morena?

Ahí la estrategia puede estar llegando a su límite, porque una cosa es decirles a los mexicanos que desplegar 10 mil elementos de la Guardia Nacional en la frontera es una decisión soberana y otra muy distinta es explicar que un gobierno extranjero está señalando directamente a políticos mexicanos y pidiendo que sean detenidos y entregarlos.

Por un momento, Claudia Sheinbaum intentó presentar la defensa de la visa de Andy López Beltrán como una defensa de la soberanía, pero incluso dentro de Morena entendieron que el tema podía convertirse en un problema político. Y si no reculó, por lo menos la presidenta dejó de mencionarlo en sus conferencias y declaraciones.

La estrategia funcionó mientras Sheinbaum pudo construir dos relatos simultáneos sobre una misma acción: para Trump, era una concesión; para los mexicanos, era soberanía. Pero esa operación se vuelve mucho más difícil cuando las exigencias estadounidenses pueden tocar directamente a figuras de Morena.

Porque entonces la presidenta ya no solamente tendría que decidir cuánto está dispuesta a concederle a Trump. Tendría que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar cuando lo que Trump pide puede afectar directamente al partido en elpoder yese es el verdadero cambio de escenario.

Cuando Washington comienza a pedir nombres, detenciones y responsabilidades políticas, el margen para mantener separados esos dos relatos se reducen considerablemente.

Porque entonces el conejo ya no está debajo del sombrero, está sobre la mesa.

Si Claudia Sheinbaum cumple las solicitudes y México colabora en la detención y procesamiento de figuras del más alto perfil de Morena, tranquilizaría por un momento a Donald Trump, pero inevitablemente enfrentaría el costo político dentro de su propio partido. En cambio, si decide llevar un poco más allá su narrativa soberanista y no cede a las exigencias trumpistas, el presidente estadounidense necesitado de logros antes de las elecciones intermedias en su país podría dar un manotazo sobre la mesa, tirar el sombrero, el conejo, las negociaciones y sepultar a Claudia con todo y su discurso chicharronero.