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El futbol, un negocio que prefiere contar billetes que ganar títulos / Por José Hermilo Amezcua Domínguez

Los jóvenes futbolistas mexicanos no tienen la culpa. Dentro de las pocas cosas positivas que dejó la Copa del Mundo 2026 para el futbol mexicano fue la aparición de promesas que demostraron al mundo deportivo que, a pesar de su corta edad, tienen una mentalidad triunfadora, sin complejos y altamente competitiva.

Con menos de 22 años, Gilberto Mora, Obed Vargas, Mateo Chávez y Brian Gutiérrez son miembros de una generación diferente: jóvenes sin inhibiciones que representan el rostro de una juventud mexicana que camina firme y quiere conquistar el mundo.

Sin embargo, este nuevo estandarte corre el riesgo de ser truncado por un sistema nauseabundo que domina el futbol mexicano, donde se privilegia el negocio por encima del logro deportivo. Esta tradición perversa tiene sumido al balompié nacional en un bache estructural profundo.

Aunque el talento sobra, hoy se encuentra secuestrado por la Federación Mexicana de Futbol y sus hilos de intereses. El monopolio no brinda alternativas: o te acoplas al molde de los de pantalón largo, o tu carrera se estanca.

Para colmo, los directivos prefieren inflar la liga con futbolistas extranjeros que les generan jugosas comisiones económicas, aunque en la cancha resulten petardos impresentables.

Si por milagro un canterano trasciende, los dueños exigen cifras estratosféricas para venderlo a Europa, bloqueando su internacionalización.

Y el peor de los males: los pocos que superan este laberinto reciben salarios inflados que adormecen su ambición, metiéndolos en el círculo vicioso del conformismo y la comodidad. El hambre de gloria se extingue entre fajos de billetes.

Por fortuna, el blindaje familiar está rescatando a estas joyas de la quema. En el caso de Gilberto Mora, su padre —también exfutbolista— cuida cada uno de sus pasos para consolidar al “chico maravilla” en la élite.

Obed Vargas ya dio el golpe sobre la mesa y su llegada al Atlético de Madrid promete proyectarlo a la cima mundial. Mateo Chávez, hoy en el AZ Alkmaar de Países Bajos, cruzó la línea del confort bajo la mentoría de su padre, Paulo César “El Tilón” Chávez. Por su parte, Brian Gutiérrez ya es pretendido en Francia y está a nada de dejar a las Chivas para devorarse el sueño europeo.

Estos jóvenes son la prueba viviente de que el futbolista mexicano no nace perdedor; lo domestica el sistema. Mientras la FMF siga operando como una casa de cambio y no como una institución deportiva, la única salvación de nuestro futbol será la fuga de cerebros. Gil, Obed, Mateo y Brian no le deben nada a una liga que solo sabe cortarles las alas.

Su éxito fuera de nuestras fronteras no será un logro directivo, sino una victoria de la rebeldía, el hambre y el amor propio contra un negocio que prefiere contar billetes antes que levantar copas.